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domingo, 4 de mayo de 2014

Saxo & Jazz




Otro sábado a la noche más, sola en mi departamento. Cansada de haber manejado muchas  horas en el día, decido no cenar debido a un opíparo almuerzo tardío en un lugar de comida campestre con una amiga, e irme a la cama temprano a ver películas, tele, series o lo que encuentre.
Mientras me desvisto y me saco las zapatillas sin desatar los cordones, como siempre, parada al lado de la cómoda de mi dormitorio, a lo lejos, se escucha el hombre de saxo tocando jazz.
Y mi mente viajó a otros miles de sábados a la noche, sola, escuchando al hombre del saxo tocando jazz, que me hace sentir como si viviese en otro lugar y en otro tiempo.
Mi mente recorre catorce años hacia el pasado con el mismo sonido del saxo que toca jazz desde aquel entonces y que hacía mucho que no escuchaba.
Esos viajes fugaces en un abrir y cerrar de ojos, evocados por un olor, un recuerdo, un sonido o una canción.
El dolor y la angustia. La sensación de soledad e impotencia a pesar de estar acompañada. 
El “querer cumplir” los requisitos de un otro, de un alguien que se cree con derechos a exigir y a no dar. Y una, con esa falsa de idea de mujer que solo nace para complacer al resto.
Juventud, divino tesoro…
Juventud y dolor…
Juventud y falta de cuidado…
Catorce años más tarde, la soledad acompañada no duele. Porque es solo soledad física y no psíquica. No es soledad espiritual, es solo quedarme sola un sábado a la noche, mirando películas, tele, series o lo que sea, hasta que mi ahora “lucecita azul” aparezca.
Y me di cuenta que no extraño mi juventud, llena de angustias, inseguridades y dolor.
Llena de locura, de falta de aceptación y malos hábitos.
Adoro mi madurez, esa que me permite verme sin odiarme en el espejo, la incipiente panza, la celulitis, las canas o las arrugas.
Esa que me permite elegirme por sobre todas las cosas. Sobre la aceptación de ese “otro” se llame como se llame, sea una amiga, un novio, un amante, mi jefe o mi trabajo en general.
Y en la misma habitación, en la misma cama de hace catorce años me acosté a prender la misma tele, a DISFRUTAR de mi soledad acompañada.

A disfrutar de mí misma.